sábado, 28 de agosto de 2010
Paredes.
Así es la vida. Te enamoras por primera vez cuando ni si quiera sabes lo que significa la palabra compromiso y después... Después te tiras toda la vida intentando hacer paredes al rededor de tu corazón para que no te vuelvan a hacer el mismo daño. O tal vez no para eso, sino para que nadie más anide a sus anchas allí. La vida es un estudio de arquitectura. Pasan los años y aprendes los puntos débiles de tu pared: esos gustos, sus labios, como te guiña el ojo... Pero al final, por mucho que lo intentes, ninguna pared es eterna y no todas las guerras se pueden ganar. Sí, si, al final terminan sabiendo el punto débil que has sido incapaz de reforzar y desarman toda tu pared con una sonrisa. Y después, el ganador, para regocijarse de tu derrota, sigue tirando bombazos cuando más débil estás: besos, caricias, noches en vela... Y tú, indefensa, sólo puedes tener la esperanza de que esa persona sea la última, la que cuidará del patrimonio de tu alma, de tu cabeza y de la destruida fortaleza de tu corazón.
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